domingo, 29 de mayo de 2011

No saber de ti...

Nadie me habla de ti, sin embargo te extraño,
no me resigno a olvidarte aunque pasen los años.
Que sera de ti, por donde andarás,
a que distancia te encuentras de mi soledad.

Como quisiera saber si es que aun me recuerdas,
si has preguntado por mi, si te duele mi ausencia,
que ha cambiado en ti,  y en tu corazón,
como ha seguido tu vida después de mi amor.

En otros brazos un día deje mi destino,
sin encontrar la manera de echarte al olvido.
Fue como intentar, detener el mar,
con un puñado de arena tapar un volcán.

Tan grande fue esta pasión que ocupo mis sentidos
que solo escucho tu voz y te siento conmigo.
Que mis ojos son solo para ti,
tu sabor y tu perfume quedaron en mi.

Desde que ya no estas aquí ya no puedo encontrar,
de nuevo el sentido de la libertad,
sin ti no imagino volver a empezar,
quiero saber que fue de ti.

Desde que  no estas aquí,
solo me habita el dolor,
se me va la vida, sin saber de ti
amor.

viernes, 13 de mayo de 2011

Cuando nos separamos

Cuando nos separamos
En silencio y con lágrimas,
Con el corazón medio roto,
Para apartarnos por años,
Tu mejilla se volvió pálida y fría,
Ymas frío tu beso;
En verdad aquella hora predijo
El dolor de esta.

El rocío de la mañana
Se hundió gélido en mi frente
Se sintió como el anuncio
De lo que siento hoy.
Todos tus votos estan rotos,
Y ligera es tu fama;
Escucho decir tu nombre,
Y comparto su verguenza.

Te nombran frente a mi,
Un toque lúgubre en mi oído;
Un estremecimiento viene a mi-
¿Porque te quise tanto?
No saben que te conocí,
Aquellos que te conocen demasiado bien:-
Por mucho, mucho tiempo he de arrepentirme de ti,
Demasiado hondo como para expresar.

E n secreto nos encontramos-
En silencio me lamento,
De que tu corazón pudiese olvidar,
Tu espiritud engañar.
Si llegara encontrarte
Tras largos años,
¡Como habría de saludarte!-
Con silencio y lágrimas.

lunes, 21 de marzo de 2011

ALMA

Es mentira que el alma no duela. Es mentira que sea una ficción inespecífica, que no tenga asiento corporal. Yo te voy a decir dónde tengo el alma: acá, justo entre el hueco del cuello y el diafragma. Acá, donde siento un hoyo que duele. Acá, donde los vacíos están repletos de sentido y, a veces, cortan con mega filo.

No sacas nada con explicarme. No saco nada con explicarme. Entender es una cosa y sentir es otra que puede no parecérsele ni un poco. Yo entiendo todo, ¿ves? porque juego a ser inteligente. Pero siento como si no entendiera nada. Entonces poco me importa si tú a eso le dices disociada, o cabezadura, o indiscreta.

A mí el alma me duele barbaridades, y por eso me invento síntomas entendibles para racionales. Funciona perfecto. Si alguien me pregunta qué tengo, puedo decir "reflujo", en vez de "silencio forzado". Así, usted puede darme una pastilla para los jugos gástricos y yo tomármela, como si otras aguas no se desbordaran más.

Y también, si te despiertas llorando una noche, puedes decir que la pesadilla fue culpa del dolor de guata. Aunque nadie comprenda por qué lo que te sobas está justo debajo de la garganta.

miércoles, 26 de enero de 2011

La maledicencia

Aunque ahora apenas se usa la palabra maledicencia, su existencia parece probar que se creó porque aquello a lo que se refiere era frecuente. Maledicencia: hablar mal de los demás.
Sería agradable pensar que la palabra que describe el vicio de hablar mal ya no se emplea porque ha desaparecido el vicio, pero me temo que la verdadera razón de su poco uso es que "hablar de los demás" es completamente equivalente a "hablar mal de los demás".
  Del mismo modo que la crítica parece identificarse siempre con crítica negativa, sólo se habla de los otros para hacerlo mal. Yo conozco muchas personas que cuando elogian algo o alguien en realidad están criticando a quienes no son como aquel al que elogian.
  Si fuese cierto aquello que se dice de que cuando hablan mal de ti se oye un zumbido, el mundo entero se hallaría hora tras hora y minuto tras minuto sumergido en un continuo zumbar, de tal modo que las orejas comenzarían a vibrar como alas de pájaro y con tanto movimiento acabarían desprendiéndose y cayendo al suelo.
  Hablar mal de los que hablan mal de los demás, como hago yo aquí, supone tal vez una paradoja, puesto que hago lo que repruebo. Cierto.
  Además, yo creo que uno de los problemas de los maledicentes es que son en gran medida rehenes de aquellos a los que critican, pues sus vidas están demasiado pendientes de los errores ajenos, y sus mentes demasiado obsesionadas por buscar una nueva grieta en la que hundir la piqueta y pasarse unas cuantas horas demoliendo.
  Y claro, eso mismo me sucede a mí al hablar de los maledicentes. Así que, para no ser preso de ellos, para no ser vencido al vencer a mis enemigos, seré muy breve, pues ya se sabe que el veneno te puede curar si te inoculas sólo una muestra diminuta: una muestra del bacilo de la gripe te inmuniza contra la gripe. Pero demasiado veneno te mata, o al menos te contagia.
  Hablo de los maledicentes sólo como legítima defensa. Su manera de ser y de comportarse está tan extendida y es tan universalmente aceptada que quienes no gustamos de sus hábitos somos vistos como hipócritas.
  Al parecer, sólo hay dos opciones:
1) Hablar mal de los demás
2) No hablar mal de los demás... y por tanto ser un hipócrita.
  Yo creo que hay más posibilidades, al menos una más: no hablar mal de los demás y no ser un hipócrita.
  Y tampoco un santo, ni un aspirante al paraíso de los bobos, al trono de los ingénuos a la legión de los sin sangre en las venas.
  Por supuesto que yo también hablo a veces mal de los demás, pero la diferencia es que lo hago sólo a veces.
  Cuando se es maledicente constante, en realidad ya no se dice nada. Si uno está todo el día calificando a sus compàñeros de trabajo, a los políticos o a los otros conductores de idiotas, estúpidos, descerebrados, hijos de puta, indeseables, tontos, inútiles, etcétera, entonces ya es como si no dijera nada. Hay que reservar los insultos para las grandes ocasiones.
  En definitiva, lo que yo pido es un sentido de la proporción. Describir a alguien como hijodeputa no significa nada si aplicamos esa descripción a varias personas a lo largo del día. Se convierte en algo completamente plano y carente de significado.
  Por lo tanto, esto es una cuestión de grado, de medida, y, como le decía a un amigo hace un tiempo, hablar mal de los demás, insultar, denigrar, detestar expresa más cosas acerca de quien lo hace que acerca de aquellos a quienes se dirige el insulto.
  Una mente que se ocupa tanto de los demás, de lo malo de los demás, está diciendo mucho acerca de sí misma, de su manera de moverse por el mundo, de su tolerancia y flexibilidad, de su soberbia y de su egocentrismo en el peor de los sentidos. De lo que busca y, por tanto, de lo que encuentra. Porque uno suele encontrar lo que busca.
  En descargo de los maledicentes hay que admitir que su actitud no nace de su propio fondo moral, emocional o intelectual, sino que se ve fuertemente condicionada por un hábito que, en España al menos, está tan extendido que es ya una moda (aunque a veces dudo si no será una tradición, lo que sería mucho peor).
  Una moda que ejerce una presión indudable, puesto que en muchos lugares y situaciones parece exigirse hablar mal de los otros para socializarse bien. Si no lo haces, incluso te miran mal: "No tienes opiniones, eres un hipócrita, no observas la realidad o quieres edulcorarla, te las das de santo, te falta carácter", etcétera.
  Al parecer, en otros países, al menos en el trato cotidiano, se da menos maledicencia y mala leche. No sé si es cierto o no. Y no sé si detrás de ello habrá hipocresía o no. Pero también hay que recordarles a los partidarios de la autenticidad que la hipocresía y el fingimiento son a menudo virtudes sociales tan importantes como la cortesía. Mejor no ver la vida como un maledicente, pero, si sucede así, yo recomiendo un poquito de hipocresía para disminuir el estrés, la simpleza y la fatiga de oír siempre lo mismo en las conversaciones.
  Y de pronto me detengo. No estoy siendo breve. Debo terminar ya. ¿Me habré contagiado?